Por: Federico Rodríguez de Rivera para Aragón Liberal

Cuando puse este título al artículo me acordé de los primeros apologistas cristianos. Muchos de ellos dirigían alegatos al Emperador y a los Gobernantes para mostrar que el cristiano era, por el hecho de serlo, un buen ciudadano.

El cristiano cumplía las leyes, no defraudaba los impuestos, cuidaba de los necesitados, rezaba por la salud y el acierto de los gobernantes a su Dios, si bien no rendía culto divino al Emperador.

En aquella época, desde el incendio de Roma, se utilizaba al cristiano como chivo expiatorio ante cualquier desgracia pública, o para eliminarle ante cualquier envidia o competencia entre comerciantes o, incluso, profesores de academia.

Hoy parece que algunos gobernantes, con un laicismo agresivo, intentan o añoran esos tiempos en los que, contra toda justicia, por adorar al Dios verdadero, eras "almuerzo" de León o "pira" para iluminar la noche romana. Su odio a lo católico y su hipócrita búsqueda de "alianzas" con otras civilizaciones despreciando la que creó Europa, es obsesivo y peligroso. Y parece que no razonan, que no escuchan y que nos encontramos como las cartas a Adriano u otros Emperadores, clamando ante sordos y mostrando la senda de la paz a ciegos.

A esas personas no les vale la magnífica labor social de Cáritas,ni de Manos Unidas, ni de las humildes parroquias cristianas, ni tantas y tantas iniciativas sociales surgidas en el calor de la caridad cristiana.

Y, sin embargo, es preciso volver a recordar que los cristianos siguen dando magníficos frutos de santidad, con lo que eso significa: personas que son la imagen de Dios, de Cristo, en la tierra. Y Dios es Amor.

Teresa de Calcuta y sus hermanas son un ejemplo socialmente aceptado, con premio Nobel de la Paz inclusive. Juan Pablo II fue decisivo para que el muro de la exclavitud del comunismo, socialismo real, se resquebrajase.

Pero es que la mera caridad cristiana en los hogares los hace estables, solidarios, escuela de hombres y mujeres trabajadores, leales a su patria, generosos, cuidadores de sus ancianos y enfermos, sensibles al mal de otras familias, propensos a las acciones solidarias y al sacrificio, amigos de la paz. En definitiva: ciudadanos ejemplares que cualquier "buen" gobierno debería querer y apoyar.

Sólo la maldad, los hombres malos, pueden intentar hacer violencia contra esa maravillosa realidad de "verdaderos ciudadanos", sólo la maldad puede intentar socavar los cimientos cristianos de las familias y fomentar en los niños una ideología sensual, hedonista y egoísta. Y eso es el laicismo agresivo, "progresista", que fomenta "nuevos modelos que disuelven el núcleo familiar y crean desamparo y soledad.

Ciertamente lo bueno es "difusivo de suyo", la Verdad es Bella, Atractiva y tiene influencia social. Su misma vida se propaga tanto en los hijos como en nuevos miembros que buscan en ella la paz y el sentido de su vida.

Sólo un laicismo "malicioso" haría como los rastrilladores en el campo de setas: arrancan hongos y micelios y dejan sembrada la esterilidad: destrozan hijos y familias y dejan soledades.

Ante eso clamo como los antiguos apologetas cristianos a los "emperadores progresistas" para que se den cuenta que con su política no hacen política, no cuidan el bien común de la sociedad, sino que destrozan la buena tierra y siembran la sal de la soledad y el odio.

Pero también puedo decir como Gamaniel a los miembros del Sanedrín: "no vaya a ser que estéis dando golpes contra el aguijón" y "estéis yendo contra Dios". Duro es para una criatura, por muy encumbrada que esté, atacar la obra de su Creador.