Por: Javier Úbeda Ibáñez para Aragón Liberal
Lo que más vale no tiene precio. Un beso, la sonrisa de un niño, la caricia de una madre, la ternura de un novio o de un padre con su hijo, el gesto de solidaridad, ¿cuánto valen?
El absolutismo relativista de hoy se basa en que las cosas no tienen valor, sino simplemente precio. Pensamos que eso corresponde exactamente a nuestra situación. La sociedad moderna es una sociedad de mercaderías, en la cual todos los valores se convierten en valores de cambio. Si en una sociedad se acepta únicamente la tesis de que todas las convicciones deben respetarse, el resultado es que ninguna convicción es respetada, ni el hecho mismo de tener una convicción. Se trata de una civilización de sólo hipótesis y, a la larga, toda fe religiosa y toda relación personal, como el matrimonio o los votos sagrados, dejan de comprenderse, ya que no son sustituibles por equivalentes.
¿Un nuevo nihilismo? Sí, nosotros lo llamamos el nihilismo banal. Y es muy peligroso. Por ejemplo, en la juventud actual hay una gran tendencia a la violencia. Si le preguntamos a un joven por qué es tan violento, nos responderá riendo: ¿Y por qué no? Es la nada, y el resultado es la violencia.
En el fondo, en el alma de los jóvenes, el relativismo es la muerte del alma. Nos parece criminal educar a los niños y a los jóvenes en el relativismo, porque eso significa que la vida no tiene importancia. Uno puede pensar de modos diferentes, pero contando con algún parámetro, teniendo algún criterio para optar. En el marco relativista, en cambio, la elección es ciega. En un contexto educacional así, antes de comenzar la vida, las almas ya han sido asesinadas. Es necesario formar nuevas élites, pero deben ser fundamentalmente ascéticas, no reclamar privilegios materiales. Para ser verdaderas élites, deben ser modelo de cierta austeridad.
El papel destructivo de ciertos medios de comunicación, especialmente la televisión, es claro: se ha perdido la batalla de los valores y principios. Quienes trabajan en ese medio de comunicación aplican, casi únicamente, el criterio del impacto para seleccionar los temas. De este modo, la tradición basada en valores normales de la vida no tiene espacio ya en la televisión. Nos interesa insistir: la televisión destruye sistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal, porque, en sus parámetros, lo normal carece en sí de interés suficiente. Por lo tanto, ni la salud, ni la verdad, ni la belleza se respetan como valores.
Hace unos días leímos un artículo de un sociólogo, no español, según el cual hay que suprimir todo tipo de ayuda del Estado a la familia, en lo que respecta a los niños. ¿Por qué? Porque el pago de las jubilaciones lo hacen ahora trabajadores que vienen del extranjero. Por consiguiente, ya no necesitamos niños para pagar las jubilaciones de los viejos. Podemos importar los trabajadores de otros países. Para el Estado resulta más económico dejar de financiar la educación de los niños, importando trabajadores ya educados en los demás países. Esto, evidentemente, es de un cinismo absoluto. Es decir, todo el problema de los niños se reduce a un asunto económico, de costos. Y si podemos tener las cosas a mejor precio, ¿para qué los niños?
Es algo muy sintomático de lo que ocurre cuando se confunde valor o precio. Los valores ni se compran ni se venden.

Un artículo, aunque breve, muy bueno y que invita a reflexionar.