Por: Yolanda López - Muñiz para Aragón Liberal

Las minas de la localidad de Tierga (Zaragoza), que desde comienzos del siglo XX proporcionaron trabajo a cientos de personas, también dieron paso a la creación de una nueva vida en comunidad. Hoy todavía se conservan los restos.

Tan sólo a 80 kilómetros al Oeste de la provincia de Zaragoza y alzando un poco la vista se encuentra Tierga, una villa que descansa sobre una montaña a 632 metros de altitud y a cuyos pies reposa el río Isuela. La gran torre de ladrillo de la iglesia de San Juan Bautista se levanta por encima del resto de pequeñas casas haciendo que el pueblo acoja un perfil característico.

Sin embargo, y todavía en lo que la vista alcanza desde la torre, aparece otro escenario. Apenas a un par de kilómetros de Tierga, existe un camino que conduce hasta un lugar donde la tierra es más arenosa y todo parece de un mismo color. Es un tono rojizo.

La nueva atmósfera también posee un rasgo peculiar, y es que allí todo es silencio. Ahora sólo queda por imaginar el ruido de los vagones que sobre raíles albergaban hierro, porque aquello fueron minas una vez, pero no unas cualquiera. Éstas consiguieron generar minerales, pero también vida. Sin embargo, aquí ya no habita nadie, y sólo los restos hablan del lugar.

Su historia

A principios del siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial, se produjo un auge del hierro, y Tierga fue el objetivo de un grupo de alemanes para crear una mina al ver que era un lugar cuyo mineral era, y sigue siendo, muy puro.

La creación de ésta, llamada "la del judío", constituyó una nueva forma de ingresos para la gente del pueblo totalmente diferente a la que había habido hasta entonces, pues dio lugar a una profesión que ya no iba a depender de la climatología, tal y como ocurría con la agricultura.

Comenzó a hacer falta mucha mano de obra, y la gente que no poseía ni ganado ni tierras empezó a trabajar en ellas. Sin embargo, no sólo acudían personas de Tierga, sino también de otros lugares como Galicia o Asturias, aunque a la hora de trabajar, los privilegios con respecto a los del pueblo se notaban. Rara era la vez que a los habitantes del pueblo les tocara trabajar en la parte de abajo de las minas.

Alrededor del punto de trabajo todavía pueden verse los restos de las casas, la iglesia con el nombre de Santa Bárbara, patrona de los mineros, e incluso una escuela. Se formó una especie de pueblo independiente a Tierga, que muchos llamaron aldea. La gente obrera habitaba en torres o casetas, que eran algo así como corrales muy grandes en los que vivían un par de familias o tres. En una zona un poco más apartada se ven las ruinas de lo que fueron los barracones, los cuales poseían un único dormitorio.

Comercios y talleres para máquinas fueron otros medios que dieron trabajo allí. Además, al quedar la mina algo lejos del pueblo, las tierras de su alrededor quedaban sin exportar, sin cultivar, por lo que muchos de los que se asentaron desde un principio, tuvieron derecho a la compra de las mismas. El abandono ya no lo permite ver, pero entonces quedaron plantados árboles de todo tipo y cultivo, ya que la gente, al provenir de tan diversos lugares, había plantado semillas de sus respectivas tierras.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, la compañía alemana poseedora de las minas quebró, al resultar los alemanes perdedores en el conflicto, por lo que éstas fueron a parar a manos de una asociación vasca, llevando a cabo la apertura de otra con el nombre de Santa Rosa, la actual y desde siempre patrona de Tierga.

De las 1200 personas que aproximadamente habitaban en el pueblo, fueron casi 500 las que ya a lo largo de los años 50 se trasladaron a vivir a la mina. En aquellos años ocurrió a su vez algo casi impensable, y es que no bastaba con que los vagones de las minas se movieran a través de un tren eléctrico, sino que se llegó a construir otra infraestructura que transportaba estos vagones de mineral por medio de raíles aéreos hasta Calatayud.

La nostalgia es fruto de que a finales de 1960 y principios de los 70, cuando la industrialización estaba en continuo desarrollo y la mano de obra ya no era tan necesaria, provocó un éxodo rural y la gente de las minas regresó a Tierga o pueblos vecinos, como Mesones de Isuela.

Casi 50 años más tarde, el recuerdo de la mina todavía queda grabado en la memoria de quienes vivieron allí de niños, han podido ver el lugar o, simplemente, han escuchado su historia. Y es que también hay rincones en Aragón que merecen salir de su escondite y darse a conocer porque, realmente, hablan por sí solos.

Reportaje de investigación