Alejandro Gonzalez-Varas
Por: Alejandro González-Varas en Aragon Liberal.es
Se reabre el debate de la eutanasia. Esta vez se hace frontalmente, sin aprovechar otros temas con los que puede tener relación. Esto último es lo que sucedió a principios de este milenio, cuando algunos grupos parlamentarios profetizaron que en la regulación de los «testamentos vitales» podía adivinarse la inmediata despenalización de la eutanasia y del suicido asistido. Se equivocaron, pero no vamos a centrarnos ahora en esta cuestión, aunque me comprometo a abordarla en otra ocasión.
Uno de los distintos aspectos que me han llamado la atención de este asunto es que, mientras en París la eutanasia fue derribada de la pasarela hace unos años, en Cibeles nos la presentan como el modelo más avanzado de entender la dignidad del enfermo. Pretenden que aplaudamos lo que en otros lugares ya está pasado de moda.
Ha acontecido de este modo. En el año 2005 se reformó en Francia, por tercera vez en apenas dos años, el Código de la Sanidad Pública. Se pretendía finalizar con un proceso de reformas que culminara la ampliación de los derechos de los pacientes. Algunos grupos parlamentarios propusieron que, ya que estaban de reformas, se podía aprovechar para despenalizar la eutanasia. La Asamblea Nacional, por mayoría abrumadora se opuso, por lo que continúa siendo una conducta delictiva según el Código penal galo. No puede decirse que la decisión de la Cámara transpirenaica fuera una sorpresa. Anteriormente, el «Comité Consultatif National d’Éthique» se opuso a la despenalización de la eutanasia en un dictamen de 27 de junio de 2000.
Los motivos que inspiraron a la Asamblea Nacional fueron varios. Por una parte, consideró que la incorporación de la muerte provocada en el ámbito de la Sanidad era, precisamente, lo contrario de su función propia. Además, desde aquí, podría extenderse a otros terrenos sanitarios. Por otra parte, en su solicitud intervendrían consideraciones económicas, hospitalarias, familiares e ideológicas, que poco o nada tendrían que ver con la angustia y desamparo del solicitante –base de la propuesta de los «despenalizadores»-, además de desconocer la capacidad relacional del ser humano y la comunicación interpersonal. Esto era fruto, según la Asamblea, de un concepto de “calidad de vida” o “dignidad” basada en principios utilitaristas que tienen en cuenta únicamente los intereses exclusivos del solicitante, olvidándose de demás personas que le rodean. Todos estos criterios aparecen recogidos en el Diario de Sesiones de esta Cámara. Parecen argumentos sólidos que podrían quedar más fortalecidos aún si se añadiera un sentido trascendente de la vida.
Junto a este desmonte de los argumentos de quienes defendían a la eutanasia, la Asamblea, y el Código de Sanidad resultante de estos debates, proponían actitudes «positivas». En efecto, ha entendido que la solución a los problemas del enfermo que sufre no se encuentra en causarle la muerte cuando lo solicite, sino en adoptar una actitud de carácter más positivo. Se trata de desterrar el miedo al dolor a través de otras medidas como la garantía al acceso a los cuidados paliativos y mediante el acompañamiento del paciente en esos momentos. Si este es el ejemplo que nos ofrece la laica Francia, ¿cómo podemos calificar la actitud de esta contumaz España?
A lo mejor tenía razón Douste-Blazy, Ministro de Sanidad francés, cuando exclamó en la Asamblea Nacional que «une mort digne est possible sans recourir à l’euthanasie». Optar por París o Cibeles es más que una cuestión de gustos.
Alejandro González-Varas Ibáñez

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